miércoles, 13 de mayo de 2015

Un hombre alado


Cada vez que visite Katmandu me sentaba por horas observando el mercado que a medida que baja el sol más y más gente se suma a vender comida, te, verduras. El hombre alado me llamo la atención desde la primera vez que lo vi; y de ahí en mas siempre volví a visitarlo. Tomando interminables e innumerables chais lo miraba, le hacia preguntas. Sentía que él lo sabia todo, que estaba ahí, inmóvil pero atento, cuidándonos.

Me pregunto si aun sigue ahí después del terremoto, si decidió escuchar a sus alas que lo llevan a otras tierras o si no se dio por vencido y sigue firme con su rodilla anclada en la tierra, medio listo para despegar pero aun creyendo en nosotros, cuidando las almas que vienen y van, que están y estuvieron, como un guardián de la memoria, del pasado y la historia. Me pregunto si una lagrima cae hoy por su mejilla en esa media sonrisa de compasión hacia nosotros, simples humanos. Es el hombre alado que vigila la tierra y elige quedarse para protegernos.